miércoles, 16 de julio de 2014

Cápsula del tiempo

Hoy es mi último día en el hospital H porque ayer renuncié. 

En realidad presenté a mi jefe la renuncia el viernes pasado, pero no fue hasta ayer lunes que firmé la dimisión y puse en regla mi salida. Fue simple. Después de casi dos años de trabajar aquí, firmar la exoneración fue una tarea bastante sencilla. Bastó con rellenar una encuesta sobre los motivos de mi renuncia, anotar dos veces mi nombre y firmar también dos veces. No hubo lágrimas ni sentimientos de culpa o arrepentimiento. Renunciar era algo que debía suceder, así que no podía postergar más la conclusión de mi ciclo laboral. Sí, escribiéndolo así, leyéndolo así, este párrafo deja muchas dudas. ¿De dónde estoy renunciando? O, quizá, debería empezar ¿Dónde demonios es que trabajé por casi dos años? Mejor aún: ¿qué sucesos siguieron a aquella noche cuando nevó en Peterwall?

Luego de que la huelga tomara la Universidad me encontré sin hacer nada más que revisar videos bobos en Youtube y pasarme el día entero en Facebook. Se proyectaba un gran receso de clases. Pronto me aburrí de ser un parásito viviendo en la casa de mi tía, pues la rutina era levantarme, bañarme, desayunar, abrir las hojas del portátil,.., esperando que llegara la hora de comer... ¡hastío! Algunas veces, en mi rutina se añadía el sacar a pasear al perro. Y la huelga continuaba. Las partes confrontadas no llegaban a acuerdos, mientras un semestre pasaba y los más optimistas tomaban clases en la periferia universitaria, bajo el plomo del sol, aún con la esperanza de no ver perdido su valioso tiempo universitario. Yo no tuve esperanza en que el semestre se salvara, de manera que, una mañana soleada, hice a un lado las páginas de videos y busqué trabajo de enfermería. 

Se desplegaron ante mis ojos decenas de ofertas de empleo, cerca y lejos de donde vivía. Ofrecían sueldos muy variados y funciones aún más variadas. Me decidí por anotar tres posibles lugares donde quisiera trabajar, y donde al parecer el sueldo no era malo. No para pasar el rato, mientras esperaba que la huelga cesara, y fuera tiempo de volver a las aulas. 

Armé mi resumen laboral, añadiendo los cursos, congresos, seminarios e idiomas que había estudiado para la vida laboral que me proyectaba desde años pasados. ¿Sería ahora el momento de cortar el listón inaugural de la carrera y el escalafón? A la mañana siguiente dejé mi resumen laboral en una clínica y en el hospital H. Es momento de hacerlo, pensé. 

Las puertas del hospital H eran traslúcidas, la iluminación de la recepción era brillante y acogedora sobre la pintura pastel que recubría las paredes del corredor principal. Vestido en el uniforme de enfermería, con una camisa debajo de la filipina y con corbata roja, me acerqué a la recepción, en donde declaré mi intención de laborar allí. ¿Por qué allí? Qué fuerza me llevó a enamorarme casi instantáneamente de ese lugar. ¿Eran sus puertas traslúcidas? ¿Lo acogedora de la recepción? ¿La cercanía olímpica con el Castillo de Chapultepec? 
Le dejé a la recepcionista el currículum. Me dijo que me llamarían. Agradecí la atención y salí a la calle. Era muy temprano. Sentí que la búsqueda de trabajo había terminado demasiado pronto, o que no había terminado, siquiera había empezado. 

No me llamaron. Yo devolví, luego de dos días sin respuesta de su parte, la llamada. Me dijeron que se había traspapelado, pero que podíamos hacer una cita. Después de la cita vinieron las evaluaciones, la técnica y la psicométrica. Luego la recopilación de documentos adultos como el Afore y el Número de Seguridad Social. En menos de una semana estaba firmando mi primer contrato labora con una empresa. Y el martes de la semana siguiente, me presenté, ligeramente temeroso por la incertidumbre de haber cortado el listón y tener por delante un camino que parecía no llegar a ninguna parte, sólo alejarse y perderse en el horizonte conforme iba avanzando.

El servicio al que ingresé fue, sí, lo que yo siempre había querido: Urgencias. Me asignaron al servicio de Urgencias y desde allí tantee el camino por el que andaba dando uno que otro traspié. No tropezaba, ni dudaba, e incluso llegué a no temer las situaciones críticas ni a atreverme a hacer cosas que mis compañeros no hacían. Y esto no lo menciono con ánimos de situarme sobre un pedestal. Lo escribo para que en el futuro, cuando lea esto de nuevo, sepa que aquello que me impulsó a crecer como profesional fue el valor y valentía que, aunque no se hacen evidentes las 24 horas del día, brotan a piel cuando las circunstancias así lo requieren.

El primer día de estancia en urgencias me enteré de los planes que tenían para mi. Una semana después esos planes se confirmaron. Me llamó la Jefa, y yo acudí. Era para informarme que debía presentarme en el turno nocturno. Cubriría las noches de los martes, jueves, sábados y un domingo cada quince días. Yo había deseado algo así desde el principio, y la propuesta en ese momento me pareció de lo más oportuna. Tendría tiempo por las mañanas y las tardes de ocuparme en lectura, escritura, o si la huelga terminaba, en la universidad.

Al cumplir mi primer mes en el hospital H ya había establecido relaciones amistosas con varios colegas. Resalta, sin embargo (siempre debe resaltar alguien que hace más llevaderos los turnos y las horas que los conforman), una graduada llamada Helen. Ella era una madre de no más de veinticinco años, de tez clara y complexión un poco gruesa. La actitud que enarbolaban sus brazos, cabello y ojos cafés claro era la de una líder nata. Me resultaba apabullante ver tanta viveza en la voz de Helen, y de sentirme, por así decirlo, bajo la directriz de una enfermera sin miedo a la sangre, a los paros cardiacos, a los traumatismos o a las situaciones tensas entre los familiares o médicos insolentes; y del mismo modo que tenía gran energía y temple, tenía una enorme tolerancia con aquellos que lograban insertarse en su corazón. Yo lo logré. A pesar de que teníamos temperamentos muy distintos, y que algunas veces no alcanzaba a entender su mundo, sus expresiones o sus palabras dichas rápidamente, nos convertimos en muy buenos amigos.

El desayuno se tornó entonces en una ritual post-guardia. Cada mañana, al terminar el turno, suspirábamos satisfechos de otra gran noche, nos metíamos en el elevador hasta el segundo piso, y andábamos hasta el restaurante, donde probaríamos la delicia de un café matutino recién colado, un pan con mantequilla y mermelada de fresa, y molletes con abundante queso derretido, enchiladas consistentes o huevos en todas sus álteres disponibles en la carta. Resultaba que algunas mañanas la pesadez del desvelo nos hacían hablar muy poco, acurrucarnos juntos esperando el café, como gatos cuando hace frío, y sentir la presencia de ambos. Yo la de ella, la de una gran amiga. Esos momentos de descanso resultan, ahora que los evoco, preciosas experiencias que podré recoger, con enorme ánimo, en los días que vendrán.

Había doctores de toda clase: unos altos, otros bajos; unos con barba, otros pelones; unos guapísimos, otros no tanto; pero de entre toda la gama, también resaltaba uno: Ron. Ron era un estudiante de especialidad que, cual Dr. House, hacía el diagnóstico diferencia en voz alta, involucrando a todo su equipo disponible, el cual me integraba a mi también. Tras algunos meses de trabajo, pudo Ron declarar que estábamos todos preparados para cualquier situación, y que confiaba plenamente en las competencias de nosotros. Ron tenía razón. Cuando durante sus breves ausencias en las que tenía que atender sus necesidades humanas, y se presentaban emergencias reales, Helen y yo las abordábamos con la maestría sincronizada con que las clavadistas ganan medallas olímplicas. Llegaba Ron y ya cada uno de nosotros teníamos cubiertas las necesidades del paciente. Eran grandiosas guardias.

Así como descubrí que trabajando me sentía un ser productivo, protegido y perteneciente a un equipo médico, descubrí también que el hospital H al ser un hospital privado, no era más que un lugar de lucro, donde la administración anteponía los intereses monetarios a los humanos. Y los pacientes eran para sus ojos monedas y billetes que no tenían otra función que la de sufragar las cuentas millonarias cuando el médico los declarara capaces de abandonar el hospital, o bien, firmaba el certificado de defunción.

Era feliz. Descubrir que el trabajo me daba satisfacción me hizo buscar un empoderamiento de la seguridad relativa que había alcanzado. Empecé a comprarme libretas, libros, ropa, etcétera. Probé comida nueva y cafés exóticos. Visité lugares geniales, otros no tanto. Todo estaba al alcance de pasar la tarjeta. ¿Qué grandes dificultades podía enfrentar un niño de 19 años? Entonces conocí a Jörgen.

Jörgen era Argentino.Sí, algunos de los prejuicios que hacen de ellos eran bien manifestados  por Jörgen. Otros no tanto. Porque Jörgen había venido a pasar una estancia en la Universidad Metropolitana, y de casualidad se había topado conmigo. Era rubio, alto, muy delgado, casi enclenque. No pasaron horas de nuestro encuentro para que empezáramos a hablar sobre cuestiones de la política argentina. Él se apasionaba en esos temas, y hablábamos por horas, hasta que en Reforma o los cafés llegaba la tarde, y luego la noche, cuando tenía que ir al hospital. Jörgen se ganó mi estima, y creo que yo la de él. Me dijo una vez que lo hacía sentir en casa, y ya no tan solo como lo estuvo antes de conocerme. Esa revelación me causó un gran desconcierto. Y es que al paso de los días, estaba más cerca la fecha en que él abordaría un avión y regresaría a Mendoza. Así que, de pronto, decidí alejarme para evitar sentir el dolor de una partida. No negaré que aprendí mucho de Jörgen. Lo principal: me enseño a afrontar la vida, y a defender la soberanía de uno mismo de la crueldad de los demás. Entonces decidí defenderme, y comenzar a vivir solo.

Llegó mi cumpleaños número 20, y mi regalo fue una sanción por haberme quedado dormido durante la guardia. Asumí el castigo, y de un día para otro, mi turno cambió al matutino. Comencé en esas fechas a hacer turnos de 16 horas. Inicié también un diplomado en Terapia Intensiva. Comencé a sostenerme por mí mismo y a afrontar la vida que había decidido abrazar. Trabajaba y estudiaba. Era pesado, y mi cuerpo resintió la presión de la empresa. Y acabé en el Instituto de Nutrición con una crisis hipertensiva.

Pensé entonces, al terminar las prácticas de Terapia Intensiva, en dejar el hospital y volver a Toluca. Así que comencé a preparar mi retiro y buscar trabajo en la región. Por supuesto, lo conseguí. Obtuve un lugar en el Centro Médico I. Estuvo todo preparado.

Pero, un día, durante un curso de Trauma, la trama comenzó a cambiar. La Jefa me comentó si estaba interesada en el puesto de Epidemiología. Le dije que sí. Quería aprender. Tenía ambiciones de hacer más cosas, y de enseñar a mis colegas a hacer las cosas de manera segura. Quería enseñarles, y hacerles ver que Enfermería era un bello universo de conocimiento, amor y arte. Semanas más tarde me ofrecieron formalmente el puesto. Y acepté. Esa decisión significó dejar los planes de ir a Toluca y, por supuesto, dejar atrás el lugar que había conseguido en el Centro Médico I.

Pero no resultó lo que yo imaginé. El 98% del cuerpo de enfermería estaba empecinado en no aprender más, y en no dejarse guiar por la ciencia. Decepción tras decepción. Vaya que quedé muy decepcionado de los enfermeros y enfermeras que hay por ahí en el mundo. Hasta ahora no logro comprender sus motivos para adoptar esa renuencia de aprender y descubrir grandes cosas.

Como una curva gráfica, empecé a descender hacia los valores más bajos, y pronto, desmotivado, decidí renunciar y empezar de nuevo. Lo cual no significa esto: fracaso. En absoluto... significó aprender y decidir lo que no quier hacer con mi vida: desperdiciarla con personas que no tienen el mínimo interés y respeto por la ciencia.

Renuncié, pero gané. Triunfé. Hice lo que quise hacer cuando lo quise hacer. Y ahora hago lo mismo. No permito que las circunstancias tomen el mando de lo que confiere completamente a mi voluntad.

Ya regresé a Toluca. Recuperé mi libertad. Recuperé mi vida.
José, eres libre. Estás junto al amor de tu vida. Y todo estará bien.
Recuerda: mañana tienes una entrevista de trabajo. 

viernes, 6 de septiembre de 2013

Beautiful words


Desde la noche de ayer me ha rondado por la mente la siguiente frase que E.M. Forster escribió en su ensayo What I Believe: Tolerance: “El corazón no firma documentos”. Es aquí donde mil preguntas que ni siquiera alcanzo a formular, pero que su esencia aparece en el fondo de mi pensamiento, emergen y se aglutinan como plaquetas en una cascada de coagulación, de manera que no alcanzo a vislumbrar muchas respuestas, o ya no se digan respuestas: atinos. Sí, lo sé: “el corazón no firma documentos”. No lo ha hecho nunca ni lo hará; sé que es un órgano señalado al mediastino, aunque se encuentre en realidad en el sistema límbico, en el cerebro; y también sé que siguiendo lo comúnmente aceptado sobre que cada persona siente distinto, es cierto que nadie puede experimentar una sensación ajena en el cuerpo propio; tengo éstas certezas, y ahora se les suma lo escrito por Forster porque esto también es bien cierto. ¿Es posible que un ser humano, igual que yo, o que tú, o que el presidente o que el taxista, con un historial sorprendente de fallas, de fracasos, así también de aciertos y vicisitudes de suerte, pueda ofrecer alguna garantía sobre lo que sea, sobre cuestiones del corazón? No trato de indagar sobre la versatilidad del pensamiento del hombre, sino, más bien, escribir hasta dónde mi mente ha sondeado el tema de la firma cordial. Por desgracia, luego de hallarme con la certeza absoluta de que el señor Forster tiene razón, no puedo seguir más adelante; pienso ¡es demasiado obvio!, ¿cómo, pues, vas a pedirle a alguien que deje en garantía algo que quizá ni siquiera posee, o siente, o…, lo que sea? Tampoco es posible hurgar en las mentes ajenas, y ver todo claro si, por ejemplo en mi caso, ni siquiera el dueño de tal masa gris es capaz de internarse en lo más profundo de sí. De cualquier manera, ésta mañana, al salir del trabajo, he decidido que quiero escribir también sobre las cosas más bellas que puedan acudir a mi mente, así, de pronto, sin esforzarme demasiado en evocarlas o reconstruirlas como un todo. Puede que éste párrafo quede demasiado largo, y que incluso no termine nunca, pero no me importa y, ¡vaya!, me vienen dos líneas que anoche, al escucharlas, me hicieron retemblar. La primera fue ésta:
1.      Me iría con mi hijo incluso hasta el infierno.
La segunda esta:
2.      Vamos a quitar el brazo de superhéroe.
Explicaré, o al menos eso trataré, cada una con la poca cordura que me queda luego de pasármela despierto toda la noche en mi ER. Primero me acordaré de que Proust, y que en general los franceses, tienen a la figura materna trepada en un palo muy alto. ¿Qué se puede hacer sin la madre? O más bien, ¿qué queda por hacer cuando ya no está la madre? Resulta gravísimo que la madre se ausenta de una o de otra forma. Pero es para mí una peor forma cuando la madre, estando viva, elige apartar de sí a su hijo, condenándolo al fuego eterno por haber sido configurado por el universo para sentir afiliación hacia su mismo par heterogéneo de cromosomas. La biblia, en efecto, nos condena a arder por siempre en Sodoma; el mundo, a empezar a hacer ascuas aquí en la tierra, mientras todavía metabolizamos oxígeno. No me tiraré en la tierra como cualquier personita que se queja de la “sociedad de mente cerrada”, pues me parece entrar en un terreno de por sí ya viciado, y del cual poco puede ser rescatado, pero sí mencionaré que cuando escuché a una madre, joven y soltera, una de esas bravas madres, con la que tengo la suerte de trabajar y a quien me referiré como M., decir que se iría con su hijo incluso hasta el infierno, no tuve duda de que así-debería-ser-mi-madre. Para mi mala suerte eso fue sólo un deseo volátil, insulso, del cual tengo la seguridad de que nunca se volverá realidad porque ¡oh!, mi cabello se empieza a inflamar de cuán pecador soy. (Pero, ¿me interesa que haya comenzado ya a arder? No realmente; estoy demasiado cansado, con sueño y con catarro, como para que me importe. Sigamos…)
La segunda línea la escuché mientras el traumatólogo partía en dos tapas la férula del brazo de un pequeño de dos años, quien, estoico, permaneció sin moverse, a la sombra de su madre y al calor de su mano que lo sostenía del pecho, mientras la sierra aturdía el consultorio cual estruendo interminable de relámpago. Al pequeño la madre le había dicho durante todo el proceso ortopédico que tenía un brazo de superhéroe, forrado de dura fibra de vidrio, y de la cual tenía que hacerse responsable, (cuidarla y no mojarla) porque otros niños no tenían el privilegio de tener un brazo tan duro. Pero anoche terminaba el encanto. El brazo había endurecido su hueso, y se podía prescindir ya de la escayola. Me pregunto si la idea le habrá agradado al pequeño de dos años. Recuperaría su brazo normal, y ya no tendría que cargarlo con un cabestrillo de tela colgado del cuello. Tal vez al volver a su casa durmió, olvidó el retiro de la escayola y siguió su vida: hoy despertó y salió a ver el mundo con sus ojos puros. Nada había pasado. Quedaría, acaso, el recuerdo de que tuvo un brazo de superhéroe, pero no de que se partió el hueso en dos y que lo tuvieron que inmovilizar para que éste soldara. La madre lo había dotado, con sencillas palabras, de un superpoder: no era más débil, sino más fuerte.
Y en este punto ya no sé qué más escribir. Dejaré abajo un fragmento de la letra de You haven’t seen the last of me.

Feeling broken
Barely holding on
But there's just something so strong
Somewhere inside me.
And I am down, but I'll get up again.
Don't count me out just yet

I've been brought down to my knees
And I've been pushed way past the point of breaking,
But I can take it.
I'll be back -
Back on my feet
This is far from over
You haven't seen the last of me.
You haven't seen the last of me.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Yo y el texto y Noche de Califas.

          Por José Bermúdez Hindemburg
Acá una usuaria responde en Yahoo Answers que la palabra Califa equivale a caliente, calenturiento, en un sentido vulgar; otra dice que lo lea de arriba para abajo, no entiendo; otro usuario, esta vez un hombre explica que en la Ciudad de México se le dice Califa a la persona que pasa en los arrabales, bailando danzón y grupera en el California Dancing Club, por el metro Portales; ahora, en la Mejor Respuesta (elegida por quien preguntó) se lee un tal Albert que presenta primeramente su oriundez orgullosamente chilanga, y a continuación, iguala la palabra Califa con padrote, el que mueve a las prostitutas, y agrega con erudición que el término comenzó a ser utilizado allá por los cincuentas, sesentas. Y remata: “Tengo el libro Noche de Califas de Armando Ramírez y ¡está buenísimo! te lo recomiendo.”

Me planté frente a la computadora desde noche y ya amanece. Tengo el tiempo corto para entregar un análisis de la novela “Noche de Califas” de Armando Ramírez, y todavía no hallo por dónde empezar. He cavilado en quizá iniciar con una cita que deje perplejo al que la lea y lo distraiga de lo pésimo que es mi abordaje, o quizá transcribiendo un párrafo de la obra y así, sienta que Armando Ramírez me lleva de la manita a estudiar su texto. Intento ambas cosas y resulta todavía más pésimo mi abordaje, así que opto por seguir buscando información sobre el libro: alguna reseña, alguna crítica del libro, biografías o semblanzas del autor; dónde estudió, cómo fue que publicó, qué semejanzas tiene con otros libros, y lo más importante: por qué en lo vasta que es la internet, apenas aparece su nombre asociado a la novela que yo intento diseccionar para estudiar mejor. Uno que otro articulillo aparece ahí, y lo guardo; no es material del que pueda aprovechar alguna cita, simplemente se me hace interesante y ahí va: a pestaña de marcadores. ¿Qué más? Que leí que a la obra la adaptaron a teatro (independiente y de compañía) cosechando éxito entre los espectadores. ¿Y ya? Así es, no hay información suficiente, no hay reseñas por doquier como yo me lo esperaba, no hay críticas que logren orientarme en una buena dirección de abordar el análisis narrativo de la novela. Es cierto lo que leí en esa página que mandé a marcadores —y que soy tan holgazán que no pienso buscarla en la carpeta del explorador— que decía, más o menos, que Armando Ramírez era un escritor que había sido relegado a los escaparates más modestos, a la editorial que no le ha rendido homenaje en honor de cumplir tantos años de haber debutado en el campo literario, e incluso, rumoraba que ciertos eruditos, letrados y demás personillas de guante y puro, despreciaban, repugnaban su literatura, y aun más, veían con malos ojos a las personas que insistieran en leer a ese... impuro. Al leer esto no supe si estar de acuerdo o en desacuerdo. Sin duda Noche de Califas aborda una temática que puede ser impura o detestable para los dogmas que como que quieren ser fehacientes en la moral colectiva: la prostitución, el sexo promiscuo y la noche de antro, pero eso sólo aplica en esta realidad, aquí donde todos vivimos y nos movemos y platicamos, etc., mas no en la ficción. Pienso, en los libros es otra cosa, en los libros y en la imaginación es-otra-cosa. Aquí no entran cánones que digan que tal cosa debe ser llevada así o asá, o que los temas deben limitarse a unos cuantos. Bien hizo Armando Ramírez el declarar alguna vez a la prensa que debemos recuperar esa necesidad de contar historias tal y como nuestros abuelitos hacían cuando nos sentaban sobre sus muslos y divagaban sobre historias los llanos amplios de su imaginación y experiencia. Creo que fue exactamente esa evocación del cuentacuentos lo que instó a Armando Ramírez llorar una historia —como denomina Kevin Brooks el hecho de narrar— tan visualmente conmovedora y la llamara Noche de Califas —novela publicada por primera vez en 1982 por la editorial Grijalbo—, pues bien, apenas entrado en la lectura de las primeras páginas, una enérgica descripción de cuán terrible puede ser contener por mucho tiempo algo que propugna ser contado, sea para aplacar el ansia, o mirar ya desde lejos lo sucedido, demuestra que a pesar de lo que sea, de las implicaciones narrativas o de la remembranzas personales, el cuentacuentos siempre se sale, y se saldrá con la suya.
La novela inicia con un prólogo y un epílogo que no son marcados como tal, pero que constituyen desde la primera línea una construcción de cómo fue la cadena de implicación en la historia, y de cómo fue que acabó todo de una manera sórdida e imprevisible. Está Sugi, narrador en segunda persona indicativo, quien se sienta frente a su Olivetti y trata de hacer brotar de su recuerdo aquella Noche de Califas que marcada al rojo vivo está en su sentir. No pasa mucho tiempo cuando por fin las palabras comienzan a llenar las hojas blancas, las hojas blancas se convierten en ventanas como sus ojos, y a sus ojos se sublevan los recuerdos que, Sugi sabe bien, pudieron haber ocurrido de otra manera.
Y tú estás frente a esta máquina hundiéndole los dedos, afanándote por recordar todo tal cual; aunque íntimamente sabes que te estás traicionando porque nunca vas a saber a ciencia cierta si así sucedió. Pero qué le vas a hacer si ya no puedes aguantar más estas ganas inauditas por decirlo a alguien más que a tus amigos, porque, a lo mejor, es una forma de deshacerte de esta obsesión, de estos fantasmas que en tus sueños se aparecen y te persiguen arrojándote a las calles solitarias...[1]
Y es que la realidad se reinventa al ser narrada, y el que escribe debe saberse atenido a esa ley si quiere que el momento a ser escrito se rinda y se plasme solito con palabras en una historia. Armando Ramírez no es el único que ha logrado presentar ese precepto en su narrativa. Tomás Eloy Martínez también concibió que su tarea de escribir la historia de Eva Perón en sus últimos días —y del éxodo que sufrió su cadáver resuelto en no dejarse enterrar si no era de la mejor manera— iba a estar infranqueablemente limitada por la realidad porque “todo relato es por definición, infiel. La realidad, como ya dije, no se puede contar ni repetir. Lo único que se puede hacer con la realidad es inventarla de nuevo”[2], porque en parte porque el escritor “es güevon [...] y en parte porque le gusta imaginarse las cosas.”[3]
A medida que avanza Sugi en la reconstrucción de la historia, de la que se aleja magistralmente narrándola en segunda persona, como hizo Carlos Fuentes en Aura, vamos viendo nosotros a través de sus ojos no solo la noche aquella, —como bien dijeran los Ángeles Negros— de debut y despedida, en la que Sugi y la Muñeca escoltaron al califa más respetado en el bísnes de la prostitución al lugar encendido por el calor de la feromona y el aroma ondulante a sexo, donde en un ir y venir de analepsis y prolepsis como destellos cegadores de una escena a otra, Macho, el Califa Mayor, llega al límite desesperado de saberse enamoradamente obsesionado por una mujer que fue echada a volar antes de tiempo como una paloma —causándole la muerte— a manos del Conde (otro padrote de menos presencia), hombre de medio talante a quien el Macho ama y odia al mismo tiempo.
Sugi lo sabe. Lo sabe ahora que lo escribe, y se da cuenta de que siempre supo que en el ambiente se sentían vibraciones que apercibían un funesto desenlace para el final de la noche. ¿Pero qué hizo? Nada. Simplemente se plantó a un lado del Macho para notarse que andaba con gente de arriba, con gente importante en el arrabal lodoso de la Merced; y dejó que la noche siguiera con la orquesta al frente del escenario, las iluminación que ciega las sombras del miedo y la cursilería —por considerárseles aciagos sentimientos en un lugar como aquél—, se sucedieron las pláticas, los encuentros, los choques de miradas llenas de rencor y amor entre el Conde y el Macho... Entonces que uno se planta, y el otro que le sigue el juego. El uno y el otro ya bien sabían que esa era Noche de Califas, y que la única forma de terminar el juego no era con calentaditas ni castigos: un error de Califa costaba la vida, ni más, ni menos. Así era aquello, sólo que en este caso, el error había sido de los dos. ¿Entonces habrían de morir los dos? En cierta forma sí, pero cada quien pagando lo que más le valía. El espectáculo épico, ya de pie los dos, con sus navajas empuñadas y la idea de que todo terminaría ahí; se dio el duelo por la venganza y el honor. Porque dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio.
Un bolero ya de edad grande me miró y me dijo señalando a ese hombre: “ese, así como lo  ve, fue un padrote; dicen que el mejor de La Merced. Galán, califa mayor; no’mbre, ni migajas quedan. Dicen que recibió un castigo divino; que se volvió loco por una mujer...[4]
Lo que más impresiona de la obra es un interesantísimo factor de estudio: El lenguaje de la narrativa se presenta como una aproximación al habla común de los oriundos del Barrio Bravo, es decir, es obsceno, perspicaz y terriblemente directo; no se anda con rodeos: las cosas se dicen sin más, sin importar que vengan ya de una mujer o de un hombre. En cierta parte, que es un diálogo entre dos figuras de remembranza femenina, palabras de tórrida alusión de acento sexual se hacen presentes:
Macho lo vio, me agarró por la cintura y le dijo: Mi vieja... Conde siguió riendo, se sacudió las nalgas y los tres comenzamos a caminar. Ese día me dieron una cogida entre los dos, pocas veces he disfrutado de dos hombres juntos como esa vez, era como si fueran uno[5] 
Desde la lejanía de un ambiente claustral en cualquier otro espacio, la cita anterior puede sonar impertinente y con buena carga de sentido vulgar, pero desde el interior de las páginas no puede más que exaltar el amor y representarlo en la compartición del bien carnal: una comunión entre el padre que enseña a su hijo a seguir las artes del placer.
Armando Ramírez, originario del Barrio Bravo, supo como sumergir al lector en su historia más con la herramienta de utilizar el lenguaje hablado en aquel lugar, que con las descripciones de los escenarios y de las calles, hace que el imaginario del lector aprenda a colocar cada pieza narrativa en su lugar, y hacer converger muchas historias e imágenes en una sola, donde no hay desenlaces cerrados, ni certezas absolutas. Donde la vida continuó porque así es la vida, siempre continúa... no tiene finales.

Una rápida revisión al texto: ortografía y demás.
Creo que he terminado.
El libro me gustó.
Lo recomiendo.



[1] Ramírez, Armando, Noche de Califas, México, 1982, Grijalbo, pp 10, 11.
[2] Eloy Martínez, Tomás, Santa Evita, México, 1995, Editorial Planeta, pp. 96.
[3] Ramírez, Armando, Noche de Califas, México, 1982, Grijalbo, pp 8.
[4]Ramírez, Armando, Noche de Califas, México, 1982, Grijalbo, pp 103, 54
[5] Ramírez, Armando, Noche de Califas, México, 1982, Grijalbo, pp 54.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Veo a un México que llora...


jueves, 06 de septiembre de 2012. 

Veo una calle desierta, donde corre el polvo y el viento; las caras tristes a través de los cristales de los segundos pisos; los taxis que no se detienen a miramientos; los camiones sin personas sujetas de las barras, que llevan sus asientos ocupados por el vacío que han dejado la ilusión y la esperanza; algunas madres entran a las primarias, toman a sus hijos de las filas en donde tres o cuatro niñas lloran sin lágrimas, y piden, entre gemidos, la presencia de sus padres, o de Dios, que ahora se ya se mira muy lejos: ¿Por qué nos has abandonado?. Veo también las tiendas cerradas, las rejas canceladas, los comercios en paro. Parece que por aquí ha pasado la muerte, atestando a la ciudad golpes con su guadaña afilada. La negación a morir causa la reclusión entre cuatro paredes, bajo umbrales borrascosos, apenas iluminados por la luz pálida que entra de la calle. Quizá bombas caen sobre La Moneda, o tal vez a la Casa Rosada la deshacen los kilotones de Videla. Es probable, también, que por la radio la junta militar pronuncie las órdenes del día: “No hablar, sólo callar”; y así, de esta manera, entierren en lo más profundo de los océanos los corazones de nuestra patria, que no es otra sino la que vinieron a fundar los hombres de bronce. Porque no estoy en Chile ni en Argentina, estoy escondido bajo las nubes grises de ésta, la que un iluminado nombraría, la región más transparente: México. Corre el siglo XXI. Las esperanzas se van con los segundos, y al futuro lo llena el vacío. Eso parece.

domingo, 2 de septiembre de 2012

"El hechizo para el amor eterno", leyenda Sioux.

Cuenta una vieja leyenda de los indios Sioux, que una vez llegaron hasta la tienda del consejero de la tribu, tomados de la mano, Toro Bravo; el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros y Nube Azul; la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.

––Nos amamos...––empezó el joven.

––Y nos vamos a casar....––dijo ella.

––Y nos queremos tanto que tenemos miedo, queremos un hechizo, un conjuro o un talismán, algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos, que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar la muerte.

––Por favor ––repitieron–– ¿Hay algo que podamos hacer?

El viejo los miró y se emocionó al verlos tan jóvenes, tan enamorados y tan anhelantes esperando su palabra.

––Hay algo ––dijo el viejo–– pero no sé... es una tarea muy difícil y sacrificada. Nube Azul ––dijo el brujo––, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos. Deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte; si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de luna llena. ¿Comprendiste?

––Y tú, Toro Bravo ––siguió el brujo––, deberás escalar la montaña del trueno. Cuando llegues a la cima, encontrarás la más brava de todas las águilas y solamente con tus manos y una red, deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Azul. ¡Salgan ahora!

Los jóvenes se abrazaron con ternura y luego partieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte y él hacia el sur.

El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con las bolsas que contenían las aves solicitadas. El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas, eran verdaderamente hermosos ejemplares...

––Y ahora qué haremos... ––preguntó el joven––. ¿Los mataremos y beberemos el honor de su sangre?

––No –– dijo el viejo.

–– ¿Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne? ––propuso la joven.

––No ––repitió el viejo––. Harán lo que les digo: tomen las aves y átenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero, cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres.

El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros, el águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero sólo consiguieron revolcarse por el piso. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.

––Este es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto, son ustedes como un águila y un halcón, si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse el uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes perdure:

“Vuelen juntos... pero jamás atados”

jueves, 12 de julio de 2012

Texto íntegro del discurso de López Obrador - Compartir!! NO A LA IMPOSICIÓN

AL PUEBLO DE MÉXICO

Texto íntegro del discurso de López Obrador
REFORMA / Redacción
Ciudad de México (12 julio 2012).- Empiezo diciendo que la minoría que domina en el país, decidió, de tiempo atrás, para mantener el régimen de corrupción que les beneficia, imponer a Enrique Peña Nieto como Presidente de México.
La estrategia que pusieron en práctica consistió en utilizar sus medios de comunicación y mediante la publicidad introducirlo al mercado para hacerlo figura nacional.
Televisa, Milenio y muchos otros, se dedicaron a proyectar una imagen de Peña Nieto que no corresponde a lo que es y representa.
Con esa fórmula, durante mucho tiempo, Peña Nieto mantuvo una gran popularidad, pero en la campaña las cosas empezaron a cambiar. Poco a poco, la gente se fue enterando por las redes sociales y por otros medios no convencionales, que se trataba de un engaño, de una farsa.
El 6 de mayo se celebró el primer debate y, aun cuando no se transmitió en los canales de mayor audiencia, millones de mexicanos se percataron de que Peña Nieto perdió el debate y quedó evidenciado como el candidato del grupo más corrupto de México.
Posteriormente, el 11 de mayo, Peña Nieto asistió a la Universidad Iberoamericana. Los estudiantes lo encararon y su torpe y autoritaria respuesta, secundada por los políticos que lo rodean, así como la distorsión de los hechos en los medios de comunicación, en particular de Televisa, dio lugar al movimiento #YoSoy132.
A partir de entonces, esta expresión estudiantil, con la demanda del derecho a la información y de no permitir la imposición de Peña Nieto, empezó a despertar a otros jóvenes en todo el país y a sacudir las conciencias de los ciudadanos, sobre todo, de las clases medias de México.
Después de este importante acontecimiento, empezó a crecer el rechazo hacia Peña Nieto y se precipitó su desplome en cuanto a las preferencias electorales. El jueves 31 de mayo, el periódico Reforma dio a conocer una encuesta en la cual la diferencia entre Enrique Peña Nieto y mi candidatura era de apenas 4 puntos. Días después, del 31 de mayo al 4 de junio, nuestro equipo técnico levantó otra y el resultado ya nos daba 2 puntos de ventaja.
Al percatarse sus patrocinadores que Peña Nieto se estaba cayendo, desesperados buscaron reforzar su estrategia mediática y consiguieron el apoyo del ex presidente Vicente Fox. Al mismo tiempo, iniciaron la guerra sucia en mi contra, en contubernio con los personajes que ejercen más influencia en el Partido Acción Nacional.
Sin embargo, lo más perverso e ilegal, fue la determinación de reclutar y alinear a los gobernadores del PRI para encargarles que se ocuparan de obtener votos a como diera lugar, sin escrúpulos morales de ninguna índole.
El 12 de junio, en Toluca, en la casa oficial del gobernador del Estado de México, se reunieron 16 gobernadores del PRI con Peña Nieto y su equipo de campaña. Ahí, se asignaron cuotas de votos por mandatario.
Por ejemplo, Eruviel Ávila, gobernador del Estado de México, se comprometió a conseguir 2 millones 900 mil votos que, casualmente, fue lo que obtuvo Peña Nieto en el Estado de México.
La confabulación de los gobernadores en el Estado de México se tradujo en utilizar recursos del presupuesto público de los estados para comprar millones de votos en todo el país.
Una prueba bien documentada de lo anterior fue el modo en que operó el gobernador de Zacatecas, Miguel Alonso Reyes, el cual asignó a sus principales colaboradores, por distrito y municipio, y está demostrado que manejar n chequeras con millones de pesos para la compra de votos.
En la práctica, en todo el país, el sufragio se adquirió con dinero en efectivo, con tarjetas para la obtención de mercancías, con despensas, materiales de construcción, fertilizantes y otras dádivas.
A los cuantiosos recursos económicos de procedencia ilícita que se ejercieron para la compra de los votos, habría que sumar miles de millones de pesos gastados en publicidad, en encuestas hechas a modo y en el pago a qui nes ejecutaron y apoyaron directa o indirectamente este vergonzoso plan. Todo ello, obviamente, rebasa con creces el tope de gastos de campaña establecido en la ley.
El operativo masivo de compra de votos se llevó a cabo antes y durante el día de la elección. Un caso emblemático es el de los monederos electrónicos de las tiendas Soriana, comercios que fueron vaciados por multitudes d l Estado de México, que canjearon tarjetas al día siguiente y en los días posteriores a la elección.
Aunque la compra del voto se dio prácticamente en todo el país, fue más acentuada en las zonas donde viven los más pobres de México, en especial en el medio rural. En estos lugares se registró el mayor nivel de participa ión ciudadana del país, contrario a lo sucedido en las anteriores elecciones presidenciales y superior a la media nacional registrada en los actuales comicios.
Por ejemplo, en los tres distritos con más población rural de Yucatán, se registró una participación promedio del 86 por ciento. En Chiapas, la participación ciudadana, con respecto al 2006, se incrementó en 118 por cien o y el PRI consiguió 506 mil votos de más.
Asimismo, en las casillas no urbanas, que son el 35 por ciento del total, Peña me gana, entre comillas, con 2 millones 801 mil 042 votos, lo que representa el 85 por ciento de su supuesta ventaja a nivel nacional.
No puede dejar de indignar y entristecer, el constatar, que los responsables de la desgracia de millones de mexicanos, encima de todo, utilicen a sus víctimas, en particular a los más pobres y desinformados, para sostene su funesto poder económico, político y mediático.
Además, fueron introducidas a las urnas ilegalmente infinidad de boletas marcadas a favor de Peña Nieto.
Las pruebas y testimonios que hasta ahora tenemos, nos permiten sostener que se compraron 5 millones de votos, aproximadamente. Tan solo en el Estado de México, Veracruz y Chiapas se adquirieron alrededor de 2 millones d votos.
En razón de lo anterior, y sin tomar en cuenta otras violaciones flagrantes a la Constitución y a las leyes en la materia, podemos resumir que en elecciones libres, la mayoría de estos ciudadanos no hubiesen votado por Peña Nieto.
Estamos ante un hecho completamente atípico. Baste decir que en las 902 casillas especiales que se instalaron en todo el país, donde sufragaron libremente los ciudadanos, el resultado fue completamente distinto: por Josefina Vázquez Mota 27.8%, por Enrique Peña Nieto 28.1%, por mi candidatura 41.0%, por Gabriel Quadri 1.6%, por candidatos no registrados 0.2% y los votos nulos 1.2%. En este tipo de casillas Peña solo gana en 4 estados de las 32 entidades de la República.
En suma, el sesgo que significó la compra y manipulación de millones de votos, no permite dar certeza a ningún resultado ni al proceso electoral en su conjunto.
En el terreno estrictamente legal, se violó el Artículo 41 de la Constitución, que establece que las elecciones deben de ser libres y auténticas.
En consecuencia, el día de hoy, en los términos que establece la ley, presentaremos el juicio de inconformidad para demandar la invalidez de la elección presidencial.
Llamo a todos los mexicanos a no permitir que se viole impunemente la Constitución y se cancele, en los hechos, la vía democrática.
Proceder de otra manera sería renunciar a nuestros derechos fundamentales y admitir la antidemocracia como forma de vida y como sistema de gobierno.
A mediados de la semana próxima, daremos a conocer el Plan Nacional para la Defensa de la Democracia y de la Dignidad de México.
Todo lo que hagamos será en estricto apego a nuestros derechos ciudadanos consagrados en la Constitución.
En especial, reitero que siempre actuaremos por la vía pacífica. No daremos ningún pretexto para que los violentos nos acusen de violentos.
No aceptemos que la corrupción domine por entero la vida nacional. Luchemos por el renacimiento moral de México.
Ciudad de México, 12 de julio de 2012

sábado, 16 de junio de 2012

¿Y nuestra humanidad, apá?


Nota de enfermería: 14:28.- “Ingresa la señora J.M.H., de la tercera edad (96 años), al servicio de urgencias (traída por familiar en portaequipaje de camioneta) consciente, orientada, neurológicamente conservada; con patrón cardio-respiratorio sin alteraciones importantes. Piel deshidratada y pálida, deformidad en miembro pélvico derecho a nivel de tercio proximal con edema y equimosis. Se sospecha fractura de fémur e impacto óseo de pelvis. Refiere el familiar que la señora J.M.H., tuvo una caída de su propia altura desde tres días anteriores al ingreso hospitalario; como la señora vive sola, no pudo trasladarse a urgencias.
“Se coloca venoclisis no. 18, en vena braquial, se administran analgésicos y se monitoriza. A resultados de rayos x se confirma: fractura de fémur en cuña en tercio proximal con riesgo de pérdida de la continuidad de tejidos blandos. No se inmoviliza y se busca traslado al hospital de tercer nivel.
“El traslado no puede ser tramitado por trabajo social porque los familiares de la señora no se encuentran dentro del hospital. Los policías refieren que la familia abandonó el hospital para ir a comer. Hasta el final del turno (20:00) los familiares no regresan a la sala de urgencias.  
“19:30.- La señora J.M.H., se mantiene estable a lo largo del turno. No presenta deterioro neurológico. Patrón ventilatorio eficiente para mantener perfusión cerebral. Hemodinámicamente estable, pasa al siguiente turno.”
José Eduardo Torres Bermúdez
Enfermero / Urgencias

Los individuos sometidos a limitaciones a causa de su salud o relaciones con ella, no pueden asumir el autocuidado o el cuidado dependiente, y precisan, entonces, de alguien que resuelva sus necesidades más básicas.
Parafraseo a Dorotea Orem y a su teoría del déficit del autocuidado: un individuo enfermo está limitado en el cuidado de sí mismo, lo que hace necesario que alguien más cuide de él. ¿Pero qué sucede cuando ese alguien más no está dispuesto a cuidarlo y  resolver sus necesidades más básicas? Una respuesta rápida: el individuo enfermo muere. Si nos remontamos a la Guerra de Crimea (1853-56) podemos encontrar que Florence Nightingale se dio cuenta de que si nadie cuidaba de los heridos, estos generalmente, al cabo de unos pocos días, morían, y no por las heridas de guerra, sino por complicaciones nosocomiales. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo disminuir las cifras de mortalidad, que eran tan grandes en esos momentos? Ahora se conoce una respuesta: dar cuidados, sanar, ayudar a la recuperación. Con su estatuto: poner al paciente en las mejores condiciones para que la Naturaleza actúe sobre él; nacía la enfermería.
Sin embargo, a pesar de que existe un amplio bagaje bibliográfico sobre el cuidado de los enfermos, dirigido no sólo a los profesionales de la salud, sino a la población en general, todavía hoy llegan a las unidades hospitalarias casos como el descrito al principio del texto en donde hablar de un descuido no es suficiente. Al abandono de personas de la tercera edad ya se le considera en el Distrito Federal un delito. Pero más allá de un delito, ¿por qué el abandono? ¿Por qué los hijos adultos no cuidan de sus padres ancianos en su etapa más vulnerable, como ellos lo hicieron cuando los hijos eran los débiles y necesitados? ¿Acaso no sería lo más justo, lo más humano? ¿Y qué sería hablar de lo humano? ¿Y lo inhumano?
Sobre lo humano hay muchas concepciones que van desde las teológicas hasta las científicas, en donde no sólo se habla de lo humano, sino también de la humanización, es decir, de cómo, a través de los tiempos, el  ser humano dejó de ser animal para convertirse en lo que es ahora, conservando inherentemente su dualidad; es decir, que sí, somos humanos, y es esta humanidad la que nos permite serlo a nuestro modo. [1]
¿Y lo inhumano? Como dice Savater, en el siglo pasado se pugnó por concebir la humanidad como una forma de dictar normas. Esto se hace porque es humano, esto no se hace porque es inhumano. Aquí es donde entra el vertiginoso remolino de contraposiciones acerca de lo que sí es humano y lo que no. Y es que persiguiendo una concepción científica de la humanidad —la evolución del neocórtex, la lucha por satisfacer nuestras necesidades, el desarrollo de sentimientos y raciocinio especializado— todo lo que haríamos sería totalmente humano por el simple hecho de que un humano está forjando su voluntad.  Contrariar la  posición de Terencio: “Soy humano y nada humano me es ajeno” con esta, descrita también por Savater “La humanidad estaría formada por la acumulación sucesiva de las pieles normativas que el ofidio  humano ha ido mudando a lo largo  de los siglos y  a través de las sociedades.”[2], es observar cómo dos posturas persiguen una distinta connotación social, es decir, que quieren ser entendidas de distinta forma. Porque transformamos el mundo se manera que se amolda mejor con nuestros deseos y necesidades, pero también hacemos regresiones a nuestra dualidad animal, que se concentra solamente en el bienestar propio, e incluso, es posible hablar también de la supervivencia del más fuerte. Y en este punto me pregunto:
¿Qué  somos entonces si, por la supervivencia del más fuerte, un hijo fue capaz de abandonar a su madre gravemente enferma en un hospital sin acercarse  siquiera a preguntar sobre su estado en ocho horas?
Me parece que es más fácil hablar de lo humanizados que estamos, al lograr mejorar nuestro entorno para nuestro beneficio; construir mejores hospitales, desarrollar tecnología en la reconstrucción de huesos, investigar en la producción de medicamentos que disminuyan el dolor por una fractura, etcétera; y más difícil hablar de lo poco humanos que somos. Porque actuamos hominizadamente, y en lugar de que nuestros actos sean llamados humanos, deberían ser hominizados. Para que un hombre sea realmente humano, ya no sólo debe tratar de mejorar su entorno y satisfacer sus necesidades; también debe procurar las mismas condiciones para sus semejantes y así convivir en una armonía ética y moral.
Si una persona no puede cuidar a otra persona, y aún más si esa persona es su madre, y asegurarle un bienestar, por lo menos fisiológico, es porque esta persona es un homínido que no ha aprendido a ser humano. 


[1] Savater, Fernando, El valor de Elegir, Barcelona, Ariel, 2003, pp. 163
[2] Íbid, pp. 171-2